jueves, 26 de agosto de 2010

Modo: extremo.

Entré a casa. Un departamento sobre Av. Santa Fe. En la puerta me crucé con una mujer que tocaba uno de los tantos timbres. Yo pasé con la llave y a ella no la invité a pasar. Yo no podía parar. No puedo parar. La observé mientras esperaba el ascensor interrumpiendo la lectura de las primeras páginas de un libro de Wernicke. Parecía venir a trabajar.
Vivo en un departamento como tantos. Medio cuadrado, medio no. Casi nada en escuadra. Algunas puertas de más. Algunos espacios extraños. Fui a terapia temprano. No tanto. Tomé un café con leche y una medialuna por ahí. No puedo parar. Me he peleado con todo y con todos. Ahí fue que volví a leer. Y no paré.
Leo. Sigo leyendo. Me conmuevo, sí. Pero no puedo parar. Antes no podía parar de hablar. Ahora no puedo parar de leer. Me pelee con todo y, ya solo, tampoco puedo parar.
"Zen hay que ser en la ciudad, aLe" me dijo mi maestro Iasparra. Pero por más que intente verlo de otra manera me sigue sonando a una exigencia más.
Entro al ascensor sin dejar de leer. "Chacareros", primera edición. Bello. Y no puedo parar. El sonido ambiente son las aspiradoras que tampoco paran, en este edificio que no para, en este lugar en el que nada para. Estos departamentos se dejan para salir a trabajar, se limpian a solas y se vuelven a habitar con ese olor a falsa tranquilidad.
Termino el primer capítulo parado en el palliere. Llave y entro. El falso orden habitual pero no por suerte ese olor asqueroso que invita a una pasiva felicidad. Falta poco para que llegue a casa Mercedes, una de esas mujeres simples y bellas que limpian, nos lavan y nos planchan contribuyendo a la mentira de creernos oportuna y valiosamente ocupados.
Angustia, mucha. La ansiedad que grita. No sé si es ella o yo quien no para. Me siento a escribir y no corrijo. Ayer me pregunté: ¿Y si no soy fotógrafo y en realidad lo mío es escribir? Todo es duda sin tiempo para dudar. Seré Zen cuando pueda y donde pueda. Mientras tanto todo es seguir y seguir sin que nada ni nadie pueda parar y en esta soledad profunda, egoísta y casi infantil, no dejaré de preguntarme si ésta es mi verdadera ficción o simplemente la puta realidad.

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