lunes, 27 de septiembre de 2010

Mi verdad.

Año 2001. Tomé mis primeras fotografías. Fue en conjunto con un novio que yo tenía. Costa atlántica, invierno, playa, un fiat 147, él, yo y nada de ropa. Retratos o autorretratos desnudos. Él se ocupó del revelado. Esas eran unas pocas. De todo ese carrete, tan sólo algunas más. Supe que había una mía, de una estación de servicio, la de Dolores, que era muy bonita. Nunca la vi. Mi familia descubrió versiones digitales de mi desnudo, que era hermoso, y las borró. Conocían a aquel novio mío y entonces a él, lo amenazaron. Y claro. Nada cambió mucho con los años. Nadie denunció a nadie, yo me desvinculé primero de aquel personaje que fue mi novio, luego de mi otro novio y muchos años después, hace pocos meses, de mi familia. Las fotos, esas fotos, mis fotos, mis primeras fotos. Fueron supuestamente quemadas junto a los negativos. Las copias digitales que otros tenían también supuestamente borradas. Aun lamento no haberlas visto. Tardé muchos años en volver a tomar una cámara. Exactamente 5. Y lo hice en medio de un período de enfermedad que me tuvo deprimido, delgado y torturado durante 10 meses. Nada de lo que he hecho hasta aquí ha logrado suplir la falta de esas primeras fotos, que no fueron porque nunca las vi. Sólo comentarios. Nada más duro que un comentario positivo sobre una foto propia jamás vista. Suena imposible. Pero es parte de quién soy. Amo a esas fotos y no las conozco. Ojalá algún día vuelvan a mí. Ojalá algún día, logre saldar la falta. Ojalá algún día ese desnudo hermoso sea visto. Por favor. Aunque sea sólo yo. Sólo yo.

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