viernes, 24 de septiembre de 2010

Un gesto y un motivo.

Fue eso. Un gesto. Él, un ganador. Será que lo de la humildad hay que reservarlo para uno. Quizá tengamos que decir las cosas de manera pretenciosa y ambiciosa. Sobre qué estoy trabajando fue que él me preguntó y yo contesté: "sobre mi escuela primaria". Y eso es 100% cierto. Pero su gesto fue una mezcla muy precisa de sorpresa y desconfianza. Horas después, me pinché. Mal.
Me pregunto cuál es el punto en el que uno tiene que dejar de contar, de hablar. ¿Tendría que haber generado un espacio de intriga? ¿O haber apelado a mi desconocimiento de la certeza del tema de mi trabajo? Igual... ¿para qué?
Mi trabajo es trabajar. Pero ayer, como otras veces, me pregunté sobre qué motivo tengo para hacer lo que hago. Es una actividad que viene con cuotas de exitismo, exigencia y muchas veces esa emotividad posada y berreta. Y entonces me di cuenta de que me perdí.
A mí. Sí. A mí mismo me perdí. Medio emo. Un garrón. Pero me pasa. ¿Qué será que hace que me pierda? Mmm... A la mañana mi shrink me desaprobó sobre varias decisiones que estuve tomando la última semana. Al mediodía sufrí por los escaneos de los negativos de mi tesis. A la tarde fui a buscar un lente para mi cámara, pero ya se había vendido. Después a buscar las copias de las fotos escaneadas [TERROR]. Y con la comida vino el gesto de él, lapidario.
Necesito recordar ese motivo por el cual amo lo que hago. ¿Cómo puede ser que uno se olvide de algo tan importante?
Ahora. Si tan fácil es perderlo, no puede ser tan difícil encontrarlo... Me doy 24 hs para encontrar al guachito. No puede estar muy lejos. Espero.

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